El niño torero

Para empezar, he de reconocer que me gusta el programa de Cuarto Milenio, no lo sigo pero me gusta. También he de decir que a veces Iker Jimenez me resulta un poco espeso hablando. Pero hoy Domingo 16 de Octubre de 2016 ha sido el día en que he pensado: << chapó por Iker>>. Ha ocupado una parte de su programa en dar su opinión sobre un tema que yo creo que a los que tenemos corazón nos ha sobrecogido. Me refiero a todos los twits y demás comentarios que se han hecho en redes sociales respecto al niño que quiere ser torero y que lucha contra un cáncer.
  Un niño de 8 años, que independientemente de qué quiera ser de mayor, no deja de ser un niño y está enfermo. Ha dónde ha llegado esta gente que en ocultandose tras las redes dedican su tiempo a desear la muerte de un niño.  Yo soy antitaurina, pero ante todo soy humana, respetuosa, y soy madre, y no puedo imaginar el dolor de esa madre viendo como a su niñito querido le desean la muerte tantas personas sólo por el hecho de que el niño quiera ser torero de mayor. Esas personas cobardes que hacen estos comentarios tan mezquinos, ¿no tienen hijos? ¿no tienen hermanos, ni sobrinos, ni primos...? Yo me pregunto cómo se puede ser tan cruel para hacer algo así,  o tener tan poca conciencia o carecer de ella directamente.
  Por más y más cosas que veo a diario, no deja de asombrarme la mezquindad y maldad que puede haber dentro de algunas personas.  

Ver la Muerte

  Te hace pensar, ¿verdad? Ver morir a alguien tan joven, 34 años solamente, con dos hijos en el mundo y el segundo recién nacido.  Una joven que no bebía, nunca fumó, dedicada a su trabajo y su familia únicamente.  Su marido, ahora padre viudo de dos pequeños,  tan joven y tan entregado a su familia como ella. Sus jóvenes padres, porque hoy en día cincuenta y pocos años es ser joven ya que cada vez la esperanza de vida es mayor... Mayor, a no ser que te caiga encima la peste del siglo XXI, como le calló a esta chica, y que es el cáncer.  A veces me pregunto si no será cierta la teoría de estos conspiranoicos que piensan que el cáncer nos está siendo provocado por los 4 o 5 Iluminati que mueven los hilos del mundo. Naaaa, creo que es más simple que eso: tantos alimentos transgénicos, tantas hormonas que les meten a los animales para que crezcan más rápido... al final todo lo que comemos nos pasa factura, si no por qué una chica que nunca ha bebido va a taner cáncer de hígado. 
  Te hace replantearte la vida y las cosas que consideramos importantes en ella. Quizás esta joven fue de las personas más felices que haya habido, al fin y al cabo para ella su familia lo era todo. O quizás no, ¿quién lo sabe? Para ella la felicidad era su familia, para otras personas su trabajo lo es todo porque aman su trabajo, para otros viajar es lo único que da sentido a su vida... sea lo que sea, cada uno es feliz a su manera y con lo que ame en su vida. Y ¿quién tiene la facultad de decidir qué hace feliz y qué no?, ¿quién se cree con el derecho de decir que su vida y su manera es la mejor, o simplemente mejor que cualquier otra?
  Te hace pensar; el tiempo que has perdido discutiendo con personas que realmente no significan nada para ti, o el tiempo que has pasado enfadado y que nunca recuperarás, o las muchas cosas que no hiciste por miedo al fracaso o al ridículo o miedo a cualquier otra cosa.
Te hace pensar: en las veces que te has arrepentido de algo que hiciste, o peor aún,  de algo que no hiciste, de las veces que quisiste pedir perdón y no lo hiciste por orgullo o por vergüenza, o de las veces que no perdonaste a alguien porque en ese momento pensaste que la herida era imperdonable y con el paso del tiempo te diste cuenta de que no era para tanto (pues corre y perdona ahora, nunca es tarde).
Y con esa frase voy a acabar: "NUNCA ES TARDE" Así que corre, ve, y haz todo lo que creas que tienes pendiente.
 

Vida de perros

Nací en un hogar, o eso creía yo, porque pronto descubrí que no era así, que lo que yo creía un hogar era una simple casa. Recuerdo como mis hermanos y yo nos peleábamos por pegarnos a la mejor teta de mi madre, la que más leche daba, y su cara de felicidad viéndonos comer a todos. También recuerdo como jugaba con nosotros, nunca se cansaba, se pasaba el día entero jugando con nosotros y cuando llegaba la noche nos acurrucaba a todos para dormir. Pero como se enfadaba cuando tocábamos las cosas de nuestro dueño, se enfadaba muchísimo con nosotros: nos cogía y nos llevaba a nuestra cama y allí nos explicaba que el dueño nos castigaría si descubría que habíamos jugado con sus cojines. Nosotros nos quedábamos muy quietos en nuestra hasta que a ella se le pasara el enfado y nos dejara volver a jugar con ella y mis hermanos.
  En total éramos cinco, mis tres hermanos siempre se portaban muy bien según mi madre, porque nunca tocaban nada de nuestro amo, pero mi hermana y yo éramos unas “rebeldes”, así nos llamaba mi mamá. Ella siempre nos decía que debíamos portarnos bien o el amo nos separaría de ella, pero lo que pasó es que nos acabó separando a todos de mi madre, a pesar de que mis hermanos se portaban muy bien.
  Ahora me llaman Thais y esta es mi historia.
  Con sólo dos meses comencé a ver como se llevaban a mis hermanos de nuestro lado. Un día vino un chico a casa, nunca lo habíamos visto antes. Parecía un buen chico, nos daba esa sensación a todos, incluso a mi madre que resignada veía como aquel desconocido miraba e interactuaba con mis hermanos machos mientras hablaba con nuestro dueño. Al cabo de unos minutos vimos como sacaba un fleje de papeles del bolsillo y se llevaba a uno de mis hermanos. Ese día nuestra mamá no jugó con nosotros, se pasó todo el día echada en nuestra cama sin levantarse, tampoco comió nada aquel día. Todos estábamos tristes, no porque entendiéramos lo que pasaba, sino porque veíamos a nuestra madre llorando.
  Los siguientes días la escena se repetió; algunos venían y se iban sin llevársenos, pero poco a poco mis hermanos fueron desapareciendo hasta que quedamos mi hermana y yo. A esas alturas ya sabíamos perfectamente lo que estaba sucediendo y mi madre, mi madre ya no era la que había sido; ya no jugaba nunca con nosotras, no sonreía, ni siquiera nos acurrucaba para dormir, era como si ya no quisiera querernos. Mi hermana y yo no concebíamos nada de lo que sucedía, no entendíamos por qué tenían que separarnos y seguíamos sin saber a dónde se nos llevaban.
  Entonces ya no mamábamos de mi madre sino que nuestro dueño nos daba de comer en cacharro, al principio no nos gustó aquella comida nueva pero en unos días nos acostumbramos y hasta le cogimos el gustillo. Pasaron días sin que volviera ningún extraño a visitarnos y mientras, nosotras veíamos como mi amo y su mujer discutían cada día y como nuestra mamá se apagaba más y más por momentos. Cada día había más tensión en la casa a pesar de que mi hermana y yo ya habíamos dejado de jugar con las cosas del amo.
  Un día volvimos a ver que llegaba un desconocido a casa y que después de hablarnos y jugar con nosotras, volvió a darle dinero a nuestro dueño. Mamá nos había explicado que esos papeles eran dinero que pagaban por nosotros. Ese día fui yo la que se llevaron del lado de mi madre y mi hermana. Intenté con todas mis fuerzas quedarme, lloré, pataleé, grité (cosa que nunca antes había hecho y que cuando hice me sorprendió), hice todo lo posible por quedarme con mi familia pero aquel hombre era más fuerte que yo, y aunque me abrazaba con cariño e intentaba tranquilizarme, yo no podía permitir que me separaran de mi mamá. Pero por mucho que lo intenté no lo conseguí.
  Así, después de un largo viaje en coche, me encontré en otra casa y con una familia nueva. Al parecer era el cumpleaños de la hija de mi nuevo y yo su regalo de cumpleaños, la niña cumplía 10 años y pude ver lo que feliz que era al mientras me cogía en brazos.  
  Pronto me sentí como en casa, me daban mucho amor todos, dormía calentita con mi nueva dueñita en su cama, la niña salía a pasear tres veces al día conmigo, me daban de comer muchas cosas nuevas y muy buenas, mi dueña jugaba conmigo toda la tarde: me tiraba palos que encontrábamos por el parque y yo los volvía a traer hasta sus manos, corríamos juntas, nos tirábamos juntas en el césped a revolcarnos por él y luego cuando volvíamos a casa su mamá nos reñía a las dos por volver tan sucias y nosotras nos reíamos cuando nos castigaba en su cuarto. Era feliz y ya casi no recordaba a mi antigua familia.
  Un día la niña se despertó y bajó corriendo al salón de la casa donde habían muchos regalos para ella, estaba entusiasmada con tantos juguetes alrededor de un árbol muy grande con adornos muy bonitos, pero sin duda lo que más le gustó fue una máquina que enchufó a la tele sobre la marcha y de la que no se despegó hasta horas más tardes cuando llegaron los abuelos con más regalos. Ese día nadie me sacó a pasear y después de aguantarme mucho las ganas me hice pis en la alfombra, pero no lo hice en cualquier sitio, decidí hacerlo justo delante de la niña para que me hiciera caso y saliera conmigo al jardín a jugar como habíamos hecho cada día desde que llegué a la casa. Pero no funcionó, ni siquiera reparó en mí por lo absorta que estaba con su nuevo juego. La que sí vio lo que hice y me castigó fue su madre, se enfadó muchísimo y después de pegarme con su zapatilla me encerró en el armario. A partir de ese día comenzó su papá a salir conmigo a la calle, salíamos y en cuanto yo hacía pis y caca volvíamos a entrar. Yo seguía esperando a la niña cada tarde tras la puerta, como había hecho siempre, pero cuando volvía del colegio ya no salíamos a jugar al jardín o al parque como siempre, ahora soltaba su mochila y corría hacia la tele a jugar con su máquina nueva, y a mi ya solo me sacaban dos veces al día para hacer mis necesidades. Al cabo de unas semanas la niña volvió a salir conmigo por las tardes al parque, volvimos a jugar juntas y revolcarnos por la hierba, todo volvía a ser como antes y yo volvía a estar feliz de nuevo. Me pedía que hiciera cosas como sentarme o darle una pata y yo lo hacía, porque me recompensaba con una golosina y eso me hacía más feliz aún. Cuando sus padres no miraban me daba comida a escondidas, yo me metía bajo la mesa antes de que se sentaran a comer y esperaba muy quieta allí, y cuando todos se sentaba ella me daba trozos de su rica comida sin que nadie la viera, era todo tan perfecto.
  Pasaron meses y la niña dejó de ir al colegio, era como si siempre fuera el fin de semana y se pasaba el día gritando feliz la misma palabra: “¡Vacaciones, vacaciones!”. Pasábamos todo el día juntas jugando, ya ni se acordaba de aquella máquina que había enchufado a la tele hacía mucho. Yo era tan feliz con ella que por fin me relajé y ya no me preocupé más por nada. Incluso me había acostumbrado a que me llamaran Yuca y me gustaba.
  Al cabo de unas semanas noté tensión en los papás de la niña. Yo no sabía por qué discutían ni por qué la niña me hablaba con tanta tristeza en sus palabras. No sabía qué estaba pasando y aquello me ponía muy nerviosa. La niña no se separaba de mí y no paraba de llorar mientras me hablaba.
  Un día el papá me llevó a pasear en coche, yo creí que me llevaba de nuevo a ponerme otra inyección, pero al ver que la niña no paraba de llorar mientras me abrazaba sentí que algo malo pasaba. Su papá me separó de ella y me sacó de la casa a rastras para meterme en el coche. Esta vez no reconocí el camino y aunque aquello me puso nerviosa, no tuvo nada que ver con cómo me puse cuando llegamos al sitio y me bajó del coche.
  En cuanto comencé a escuchar a todos los perros que había en aquel sitio me hice pis del miedo que sentí, y otra vez él se enfadó por mear donde no debía. Yo no paraba de temblar e intentar volver al coche, pero él tiraba de mí con tanta fuerza que conseguía arrastrarme hacía el interior del edificio. Al cabo de un rato me vi atada a una cadena clavada en la pared y observé como mi amo se marchaba en su coche.
  No entendí que había hecho para me sacaran de la casa y me separaran de la niña, nunca me habían castigado así ni siquiera un día que me hice caca en casa. A pesar de no saber qué había hecho para que me castigaran, me tumbé en el suelo a esperar a que me levantaran el castigo y mi amo volviera por mí, pero con una tensión horrible, oyendo a todos aquellos perros que no paraban de gritar cosas horribles que no quiero ni repetir.
  Pasaron horas y mi amo no volvía a por mí y yo no paraba de llorar oyendo a los demás que estaban encerrados en unas jaulas muy grandes, enormes. Entonces me acordé de mi mamá y de mis hermanos, no sé por qué, pero vino a mi memoria el día que me separaron de mi madre y los días en que mi madre dejó de ser la misma de siempre y nos apartó de su lado antes de que lo hiciera su dueño.   
  De pronto apareció un hombre allí que me soltó de aquella cadena, yo quise abrazarlo y besarle por haberme soltado y él me acarició y me habló con cariño aunque no entendía que me decía, pensé que me llevaba con él a una casa nueva pero no fue así. Aquel señor me metió en una jaula con muchos perros más, echó comida en el suelo, cerró la jaula gigante y se marchó.
  Yo me quedé junto a los barrotes sin saber qué hacer, no entendía nada de lo que estaba pasando allí y el resto de perros fueron todos a comer. Yo no paraba de llorar y repasar todo lo que había hecho el día anterior en mi casa para poder entender por qué me habían castigado de aquella manera, qué había hecho yo tan mal para que me dejaran allí. “¿Ya no me querían? Tenía que haberme portado mejor y hacer todo lo que me pedían.”
  Poco a poco vi como las personas de aquel sitio se marchaban en sus coches, horrorizada vi como el último en salir cerró una gran puerta y me dejó allí con el resto de perros, aterrorizada descubrí que nadie iba a sacarme de allí y que además mis compañeros de jaula venían a por mí. Yo no comí de lo que el hombre nos echó en el suelo, me escondí en un rincón echa un ovillo, lloré hasta no poder más… pero nada de todo lo que hice sirvió para aquellos perros me dejaran en paz, vinieron todos hacia mí gritándome palabras horribles, insultos, amenazas, etc., hasta que llegaron hasta donde estaba yo y me dieron una paliza entre todos, me mordieron toda la cara, el cuello, las patas, y aunque traté de defenderme fue inútil, eran dieciséis perros contra mi sola y algunos mucho mayores que yo. Mientras me pegaban me gritaban que allí no había lugar para mí, que por mi culpa no los adoptarían a ellos, que los perros finos debían estar en otras jaulas y no con ellos y yo no sabía qué quería decir aquella palabra “adoptar”. Yo intentaba explicarles que a mí me habían metido allí, que yo quería estar en mi casa con la niña y no allí en aquella jaula. Pero ellos no atendían a razones y no paraban de morderme y pegarme mientras me insultaban, hasta que se cansaron y me dejaron en paz en un rincón. Cuando se hizo de noche todos me gritaban que parara de llorar, que querían dormir y yo, tuve que aguantar el dolor callada si no quería recibir otra paliza.
  Al día siguiente cuando llegaron de nuevo los humanos rápidamente vino un hombre a sacarme de allí. Me puse tan feliz, pensé que aquel infierno se había acabado. Me llevó a una habitación dentro del edificio y me curó las heridas, me abrazó y me habló con mucha ternura y cariño. Cuando acabó de curarme vino una mujer y me llevó a otra habitación con otros perros que estaban heridos igual que yo. Pasé varios días de una habitación a otra, en una me curaban las heridas y en la otra pasaba el resto del día acostada en una cama muy calentita y comiendo todo lo que me daban.
  Pero cuando mis heridas ya no sangraban volvieron a llevarme a la jaula, yo tiraba de la cuerda que me habían puesto para que  no me metieran en aquella jaula otra vez, pero no sirvió de nada. Y en cuanto entré en la jaula y la mujer se marchó los demás volvieron a por mí, me arrinconaron y comenzaron a gritarme de nuevo, me llamaban pura y fina entre insultos, pero yo no entendía por qué ni que querían decir con eso. Entonces uno de ellos, el mayor de todos, les mandó a callar y se dirigió hacia mí:
-      No entiendo por qué te han metido aquí con nosotros, debe ser por tu edad aún eres un cachorro. El caso es que aquí estás así que te voy a explicar lo que debes hacer si quieres seguir con vida. En primer lugar comerás cuando hayamos comido todos nosotros si sobra algo, aquí la comido no abunda y tú has sido la última en llegar, y en segundo lugar, y escúchame bien porque esto es lo más importante, cuando vengan visitas te quedarás apartada a un lado sin moverte.
-      ¿Visitas? ¿Qué son las visitas?
-      Son personas que vienen cada día buscando un perro que llevarse a su casa, te adoptan y te llevan a un nuevo hogar. Pero si estás aquí más de un año y no te han adoptado te matan. A ti no te matarán porque eres joven, pero yo soy viejo y llevo mucho tiempo aquí ya, y como no me adopten pronto… ¡Como yo hay varios aquí, así que ya sabes, si quieres vivir mantente al margen!
  No pregunté nada más, y tal y como me había dicho el jefe, ese mismo día vi como comenzaba a llegar gente al centro. Se bajaban de sus coches y comenzaban a mirar todas las jaulas que había, vi que subían unas escaleras y tardaban en bajar, por lo que intuí que debían habar más jaulas arriba. Veía como mis compañeros de jaula cambiaban su forma de comportarse cuando los visitantes paraban delante de nuestra jaula; unos se echaban en un rincón cerca de los barrotes con cara de pena mientras otros saltaban y reían moviendo la cola también muy pegados a los barrotes. Los visitantes me miraban extrañados, ya que yo era la única que estaba quieta, echada a la punta atrás de la jaula, podía ver cómo me señalaban y se extrañaban de ver que ni siquiera me acercaba a los barrotes. Pero yo había aprendido la lección mi primera noche allí y no pensaba arriesgar mi vida solo para hacer la pelota a aquellos humanos que pasaban una y otra vez por delante de las jaulas decidiendo cuál de nosotros les gustaba más.  
  Un día vino una mujer joven y después de haber visto todas las jaulas volvió a la nuestra y comenzó a acariciar al más viejo, al jefe. Ese día se marchó abandonó la jaula. El resto le felicitaba y él se fue sin mirar atrás. Nada más salir de la jaula habló el mayor de los que quedamos allí y se proclamó el nuevo jefe, y me advirtió que todo seguía igual conmigo, que ni se me ocurriera intentar nada para ser adoptada.
  Pasaron semanas y cada día era igual, los humanos venían, se paraban, jugaban con mis compañeros y se extrañaban con mi presencia allí; en el fondo de la jaula, echada, quieta, sin decir nada ni mover ni una pata. Hasta que un día entre los visitantes que pasaron por nuestra jaula una pareja se fijó en mí, ellos no me miraban con extrañeza como los demás, sino que incluso me llamaban para que me acercara a la verja. Yo no sabía qué hacer, había visto a muchos visitantes jugar con mis compañeros y luego no volver a por ellos y yo, sabía lo que me jugaba si quitaba protagonismo a los demás. Decidí acercarme pero con mucho cuidado y vigilando la reacción de los demás, no me exhibí ni jugué con ellos como hacían otros ya que no quería que los demás volvieran a pegarme si finalmente no me adoptaban y debía quedarme allí. Los humanos se fueron y al cabo de un rato vino un trabajador del centro y me sacó de la jaula. Mis compañeros no me felicitaron como al jefe cuando salió, conmigo fue todo lo contrario, me insultaron y me amenazaron, diciéndome que como volviera por allí me mataban, me decían cosas horribles como que me adoptaban por ser fina y no porque me quisieran realmente. Pero yo estaba tan feliz por salir de allí que no me importaba lo que ellos dijeran. Cuando entré en el edificio y vi al hombre y la mujer esperándome con los brazos abiertos me puse más feliz aún, les besé, le abracé, me tiré encima de ellos para abrazarlos, para expresarles lo agradecida que estaba con ellos.

  Me llevaron en el coche a mi nuevo hogar, y la llamo hogar porque lo ha sido desde el mismo día en que llegué hasta hoy. El mismo día que me llevaban a casa pararon en un sitio y recogieron una cama y un cacharro para mí.   Ya llevo varias semanas aquí y solo me he llevado alguna bronca por hacerme mis necesidades en casa o jugar con los muebles de mis nuevos dueños, ellos  salen conmigo tres veces al día y en la salida de la tarde andamos muchísimo y estamos mucho rato fuera de casa jugando con la pelota o corriendo. Me tratan muy bien, me compran juguetes y me dan muchísimo cariño, no me dejan subirme al sofá ni dormir con ellos en la cama, pero todo se andará. Aún me acuerdo de la niña, la echo de menos, pero aquí soy muy feliz y mis nuevos dueños me dan mucho amor cada día.  

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